Autor: Rodrigo Estrada

  • Dos versiones de Cristo

    Dos versiones de Cristo

    No deja de ser asombroso que un hombre humilde, rústico y probablemente inculto, oriundo de un territorio periférico y criado entre pescadores alucinados, haya venido a convertirse en la persona más influyente del mundo, al menos durante los últimos 1.600 años.  

    Si observamos la vida de Cristo, su origen, sus acciones y sus intenciones (las cuales no parecían ser muy claras), y si las comparamos con las de otra gente también inspirada, que dejó para la posteridad obras y conquistas quizás más admirables que la suya, tenemos que reconocer que su prestigio superlativo es el resultado de una cadena de ‘milagros’… o de un marketing como ningún otro en la historia del planeta. 

    Tal vez la idea medular de dicho marketing haya sido la de erigir a Cristo, no tanto como un hombre generalmente bueno y humilde, sino como el ser más sabio y compasivo que jamás pisó la Tierra, tan perfecto que en él se substanciaba de manera íntegra la naturaleza de Dios. 

    Pero este propósito debió de tener por lo menos dos dificultades para los agentes más destacados de aquella empresa… para Pablo, los Gregorios, Agustín y todos los que vinieron después. Por un lado, el dios que por herencia le había correspondido a Cristo tenía un largo prontuario de crímenes y trampas; por otro, a juzgar por los relatos de sus biógrafos, el mismo carácter de Cristo no se ajustaba del todo con el de una persona enteramente sabia y compasiva. 

    Ante la primera dificultad, uno no puede explicarse cómo fue superada, cómo es que a lo largo del tiempo se hizo creer a una buena parte de la humanidad en la benevolencia de un Padre sanguinario, autoritario, chantajista e inclemente. Ahora, superar la segunda dificultad no debió de ser menos arduo; hay pasajes de los evangelios que, salvo que te hagas el de la vista gorda, te dejan asombrado por la virulencia en que caía el maestro. 

    Detengámonos en este último punto. En Mt 23:27, Cristo dice: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”.

    No se imaginaría uno que este tipo de palabras salieran de la boca de quien viene predicando el amor, pero lo cierto es que este no es un caso aislado. Bertrand Russell, en ¿Por qué no soy cristiano? (1927), reunió una buena cantidad de ejemplos en los que Cristo se mostraba intransigente y violento con sus contradictores, e incluso con otros seres que no podían defenderse, como la higuera a la que maldijo y secó por no ofrecerle frutos, o como los cerdos de Gadara, a los que cargó con una legión de demonios, permitiendo que en el acto se precipitaran por un peñasco.

    Para Russell, la intransigencia de Cristo dejaba mucho que desear sobre su carácter moral. Y no solo su intransigencia, también su tendencia a creer en el infierno y a desearlo para sus adversarios: “Ninguna persona profundamente humana -escribió- puede creer en un castigo eterno”. Todavía más, según el filósofo, esa misma manía de andar condenando a los otros lo hacía responsable, de alguna manera, de las desgracias que se sucedieron en su nombre:

    “Debo declarar que toda esta doctrina, que el fuego del infierno es un castigo del pecado, es una doctrina de crueldad. Es una doctrina que llevó la crueldad al mundo y dio al mundo generaciones de cruel tortura; y el Cristo de los Evangelios, si se le acepta tal como le representan sus cronistas, tiene que ser considerado en parte responsable de eso”.

    Bueno, en esto último me parece que va demasiado lejos. No deja de ser temerario refutar a Russell, que acertaba en todo, pero decir que a Cristo le cabe responsabilidad en los crímenes de la Inquisición o de la Colonia en América vendría a ser casi tan severo como querer lanzarlo al fuego eterno del infierno. (A pesar de sus defectos, tampoco él merece eso, maestro Bertrand). 

    Además, mirando el cuadro completo, no se puede uno olvidar de lo otro por lo cual Cristo llegó a ganar su fama de hombre compasivo e inspirado. Hay palabras pronunciadas por él que seguirán siendo hermosas, aún después de que pasen otros dos mil años. Está aquello de “quien cree en mí, no morirá eternamente”, o lo de “Padre, aparta de mí este cáliz”. La primera frase puede levantar a un caído; la segunda nos hace ver que no nos basta ser valientes para no desfallecer: nos enseña la fragilidad y el miedo que puede sentir incluso un inmortal.   

    Y está aquella otra frase que es quizás la más profunda y compasiva que se haya dicho jamás: “Quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra”. Después de eso, no queda sino el silencio, y la retirada, tal como lo hizo la horda de energúmenos primitivos que quería lapidar a la mujer adúltera (Jn 8:1-10).

    Esta segunda lectura sobre la persona de Cristo es la que hace casi todo el mundo, y también es la que hace Natalia Ginzburg en un ensayo titulado El crucifijo en las escuelas (1988). Allí, respondiendo a cierta polémica sobre si los maestros debían estar obligados a quitar o a mantener el crucifijo en sus salones de clase (ni lo uno ni lo otro, dice ella), le hace una breve pero contundente apología a ese Cristo del que se había olvidado Russell (y del que nos podemos olvidar cuando leemos los insultos que le lanzaba a sus adversarios): 

    “(…) antes de Cristo nadie había dicho que los hombres son todos iguales y hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, judios y no judios, blancos y negros, y antes de él nadie había dicho que en el centro de nuestra existencia debemos situar la solidaridad entre los hombres”.

    No sé si esto sea completamente cierto, pero sus vecinos griegos y romanos jamás se cuestionaron el beneficio que les reportaba la esclavitud. ¿Y cómo habrían de cuestionarlo, si su sabiduría, en parte, dependía de esa institución? En una de las líneas de su ensayo, Russell dijo que prefería a Sócrates sobre Jesucristo, en tanto que el griego no se ofuscaba ni condenaba a nadie si se le contradecía. Pero creo que, teniendo en cuenta este punto, el de enunciar la igualdad entre la gente, Cristo podía ser muy superior moralmente a cualquiera que hablara del amor, la proporción, lo bello y lo bueno, reclinado cómodamente sobre un grupo social considerado inferior.

    Hay algo más. En realidad, las furias de Cristo no eran del todo injustificadas. Por mucho que quisiera, no debía de serle fácil mantener el control cuando también él estaba sometido a todo tipo de insultos, y, más que insultos, a intentos de lapidación (Jn 8:48-59). Sus adversarios no eran ningún pan de Dios; se trataba de una élite egoísta que no podía tolerar que un simple de Galilea viniera a cuestionar sus leyes irracionales.

    En el fondo, quizás lo que quería Cristo era un poco de justicia, aunque fuera para después de morir: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados”. Sobre esta frase, escribió Ginzburg: “¿Cuándo y dónde serán saciados? En el cielo, dicen los creyentes. Los otros en cambio no saben cuándo ni dónde, pero estas palabras hacen, no se sabe por qué, que el hambre y la sed de justicia se sienta de una forma más severa, más ardiente y más fuerte”.

    En virtud de sus intenciones, sus promesas de alivio, su llamado a la compasión, podríamos perdonarle a Cristo los excesos. A veces tampoco él sabía lo que hacía.

  • Un pájaro raro de la provincia

    Un pájaro raro de la provincia

    Borges dijo que no había poeta que, por mediocre que fuera, no hubiera escrito el mejor verso de la literatura. Podemos intentar una variación de su sentencia y decir que no hay ciudad que, por fea que sea, no nos reserve alguna magia, o no guarde algún vestigio de belleza. 

    Creo que Julio César Londoño estaría de acuerdo con ambas cosas. Con lo del poeta mediocre, por ser él un parroquiano devoto del dios Borges; y con lo de la ciudad fea, por haber nacido y haberse quedado a vivir y a escribir, muy campantemente, en una de ellas: Palmira, en el valle del río Cauca, en Colombia. Alguna gracia debe de encontrar en el lugar.

    Aunque tal vez no sea exacto decir que Londoño vive y escribe en Palmira. “Vivo en una pieza de una casa de Palmira”, puntualizó alguna vez, como dando a entender que no tenía mucho que ver con lo que hubiera de la puerta para afuera. Luego agregó: “Todas las mañanas viajo hasta el patio, donde construí un estudio junto al palo de chirimoyas. Allí escribo cuentos, ensayos y notas de prensa”. La vida entera, pues, dentro de la casa. A la calle sale a comprar el pandebono y los cigarrillos. 

    Pero lo que dice sobre su rutina es parcialmente cierto. Con temor de incurrir en una infidencia, diré que, aunque el estudio y el palo de chirimoyas existen, no es allí donde trabaja. Habiendo entrado a su casa, tuve la impresión de que sus documentos los redactaba en el escritorio que tiene al lado de la pieza. Por demás, no es todos los días que escribe: hace algunos meses me confesó, con preocupación, que estaba perdido en el vicio del ajedrez, que gastaba las horas en duelos y revanchas interminables. “¿Y contra quién jugás?”, le pregunté. “Contra un robot”, me respondió.

    Le dije aquella vez que no me parecía grave, peor habría sido caer en los pantanos del bingo (que después del bochinche viene a ser el vicio más feo de los palmiranos). “Es cierto —dijo él—, con el ajedrez por lo menos no gasto plata”. Luego pensé que el vicio, de todas maneras, no era malo; tiempo atrás le había proporcionado la materia de algunos textos, cuando menos, antológicos: El día que la máquina nos devolvió la mirada y Sacrificio de dama.

    El primero de ellos es un ensayo sobre la derrota de Kasparov frente a la computadora Deep Blue, en 1997. El segundo es un cuento sobre el mismo conflicto: el ser humano frente a la inteligencia artificial. Si no me he informado mal, ambos textos fueron escritos antes de que terminara el siglo pasado.  

    En el ensayo, Londoño habla con esperanza de la posibilidad de que Deep Blue o una de sus descendientes acabe por convertirse en nuestra amiga, que pueda, después de derrotarnos, “improvisar una broma para romper el embarazo que sigue siempre a la humillante declinación del rey, y sostener voluntariamente una conversación intensa y apasionada con su padre, el hombre”.

    En el cuento, por el contrario, el ajedrecista descree de aquel milagro; se niega a conversar con la Chessmaster 2050 cuando esta, tras ser derrotada, le ofrece un diálogo sobre cualquier cosa. La máquina no podría haberlo hecho, “porque la conversación es algo más que juego y no basta, para sostenerla, el dominio de unos algoritmos. La conversación es información y juego, sí, pero también espíritu, humor, comunión, amistad, tacto”.

    Si bien no era Londoño el único que se hacía estas preguntas sobre la ‘humanización’ de las máquinas hace veinte o treinta o muchos años, había (hay) una elegancia incomparable en sus especulaciones, y un interés singular por la dimensión más bien espiritual de la relación con la inteligencia artificial. 

    Allí donde todos se preguntan por los peligros: el poder, la mentira, las suplantaciones (preocupaciones urgentes, por supuesto), él se inquieta por la posibilidad de la amistad y la comunicación con los artefactos. Cuando surja esa amistad, mediada por la conversación, “ya no estaremos solos, y abandonaremos por algún tiempo esa patética costumbre de estar enviando botellas de náufrago a las profundidades del cosmos”.

    Hay que decir, en todo caso, que la comunión que verdaderamente anhela Londoño es la que pueda haber entre el escritor y el lector. No en vano, más allá del vicio del ajedrez, ha dedicado parte de su vida a escribir ensayos de divulgación, cristalinos la mayoría, y elocuentes cuando los contenidos se nos escapan (el círculo de Euler, el bosón de Higgs). 

    Y escribe sobre casi todo, porque en todas partes mete las narices. Ni Stevenson, ni Ginzburg, ni William Ospina, ni Chesterton y ni siquiera el mismísimo Montaigne nos ofrecen el feliz desorden que nos entrega Londoño. En el tramo de cincuenta páginas de alguno de sus libros nos encontramos con Rusell y con las hormigas, con Pitágoras, Marlon Brando, Kafka y Judit Polgar, con el número y la Torre de Babel, con Borges, la crítica, el bluyín y la tanga, y de todo ello habla con seriedad y cada tanto con un humor retorcido. 

    Para lo del humor le ayuda mucho acordarse de un colega que escribía ensayos malos y, dicen, novelas excelentes: “La prueba de que [rigurosidad] es una palabra muy fea es que Vargas LLosa la utilizó cuarenta y siete veces en La orgía perpetua”. “«Partió» Mario Vargas Llosa el domingo, el día letal de la semana. Lo sorprendió la muerte en Lima, no en París como él hubiera preferido, y ojalá con aguacero”. 

    Además del ensayo, Londoño ha cultivado el cuento. Si en el ensayo es claro, amable y agudo, en el cuento tiene la destreza de la tensión y el giro, y el don de la imaginación. La técnica la conoce, porque se ha dedicado a dictar talleres durante años (o sea que sí sale de su casa), pero lo admirable, a mi manera de ver, es la capacidad (o la debilidad) de transponerse: puede ver uno a Londoño en Moisés, en Cristóbal Colón, en Andrés Bello, o en el atormentado intelectual que siente cómo un gusano voraz se le va comiendo, en el cerebro, extensos fragmentos de poemas y fórmulas matemáticas.

    El cuento del gusano se llama Pesadilla en el hipotálamo y ganó el Premio Juan Rulfo en París, en 1998. El que es sobre Moisés se llama Dos magos; el de Cristóbal Colón, Los geógrafos; el de Bello, Los gramáticos. Todos alcanzan a ser un motivo de felicidad para quien los lea. 

    En cuanto al género ‘mayor’, Londoño escribió Proyecto piel. Pareciera estar tragándosela el olvido, a pesar de haber sido finalista del Premio Planeta de Novela en 2007. Me parece una injusticia que no haya ganado, y que se la trague el olvido, pero Londoño mismo no la ubica en los campos del género. Alguna vez dijo que había llegado a la final del Premio porque los jurados se habían dado cuenta tarde de que se trataba más bien de un ensayo largo.

    Por modestia, pues, o por pereza, o por el maldito ajedrez, ha preferido no hacerse novelista, o no definirse como tal, a sabiendas de que es la novela la que suele llevar el pan a la mesa del escritor. Y el vino, sobre todo. Quizás por las mismas razones es que, para colmo, se quedó a vivir en Palmira. Otros logran la primera plana, y él no es más que un pájaro raro de la provincia. La magia que nos reserva una ciudad fea cualquiera.  

  • Frente al pelotón de fusilamiento

    Frente al pelotón de fusilamiento


    Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía no tuvo un acceso de angustia ni le pidió a Dios que acogiera su alma, no lloró por su madre ni se arrepintió de sus pecados, nada de eso; más bien, casi impasible ante el horror del vacío, se puso a pensar en aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

    Por alguna razón -quizás por la cadencia de esas tres líneas con que García Márquez inicia Cien años de soledad, quizás por el encanto en que caemos tras el sonido de la palabra siguiente: “Macondo”-, dejamos pasar como si cualquier cosa aquella extraña circunstancia, la de que un condenado empiece a tener recuerdos bonitos un instante antes de que una fila de soldados le dispare en el pecho.

    Se entiende, en todo caso, que lo del recuerdo es también un recurso para luego hacernos naufragar en un universo de pájaros y gitanos, de alquimias, levitaciones y fantasmas… un galeón varado en medio del bosque, la armadura de un corsario del siglo XV que guardaba un relicario de cobre con un rizo de mujer. 

    Tanto nos embruja, que cuando el autor hace aparecer de nuevo a Aureliano en el trance de su sentencia de muerte, ciento treinta páginas después, ya estamos más que habituados a ese mundo medio real, medio de sueño, en donde todo pasa como si no pasara, en donde los eventos conmueven pero sin provocar ningún sufrimiento. No tenemos miedo de que maten al coronel porque todo es maravilloso. Nos hemos integrado en las corrientes de la Providencia y, lo mismo que le sucede al héroe, casi nada puede inquietarnos.

    Aureliano Buendía es una suerte de columna dórica: cuando la madre lo visita en el calabozo, él le dice: “No suplique a nadie ni se rebaje ante nadie. Hágase el cargo que me fusilaron hace mucho tiempo”; cuando lo llevan al paredón, murmura: “Tanto joderse para que lo maten a uno seis maricas sin poder hacer nada”, (después se pone a recordar el hielo); cuando su hermano finalmente le salva la vida… bueno, aquí el autor no refiere reacción alguna, pero la respuesta bien pudo haber sido muy similar a las anteriores: cuatro o cinco palabras sólidas y el control absoluto de sus emociones.

    Este pasaje nos gusta, nos exalta, porque nos hace creer que reaccionaríamos de igual manera si fuéramos nosotros los condenados. Nos proyectamos en el coronel Aureliano, nos hinchamos de estoicismo, recibimos los dones de la fortuna y continuamos la campaña liberal revolucionaria, ¡acompañados del capitán y los seis soldados que estuvieron a punto de fusilarnos! Además de valientes, suertudos. Todo tan perfecto, tan encajado, que en realidad no llegamos a darnos cuenta de haber estado al borde del abismo postrero. 

    Algo bien distinto venimos a sentir en el contexto de otra guerra, caminando los pasos de otro héroe y bajo el hechizo de un brujo diferente: León Tolstói. Pierre Bezújov, en Guerra y paz, luego de una secuencia de peligros (la batalla de Borodinó, el incendio de Moscú) cae en las garras de los soldados franceses, quienes lo acusan de pirómano y lo llevan ante las autoridades. A partir de ese momento, todo es confuso para Pierre, y nosotros empezamos a marearnos con la sospecha de que algo terrible ha de suceder. Los interrogatorios a que lo someten son solo un trámite administrativo para declararlo culpable.

    Luego le caen encima cuatro días de espera. Junto a otros acusados, queda a merced de la decisión de cierto mariscal, “el último y un tanto misterioso eslabón de la potestad suprema”. Cuando lo llevan ante aquel juez definitivo, se ve a sí mismo “como una pequeña astilla caída en el engranaje de una máquina desconocida que funcionaba normalmente”. Ese mariscal resulta ser Davout, no solo el mejor general de Napoleón, “sino un hombre famoso por su crueldad”. 

    Davout recibe a Pierre y lo despacha casi sin reparar en su existencia. Lo interroga brevemente, por un momento lo mira a los ojos, reconoce su humanidad, pero luego se lo saca de encima haciéndole a los soldados un gesto con la cabeza. A continuación, todos quedamos atrapados en el vórtice de lo incomprensible; ¡todos!, Pierre, los demás condenados, los verdugos, el autor mismo y nosotros los lectores:

    “¿Quién era, entonces, el que lo había condenado y le arrancaba la vida con todos sus recuerdos, sus aspiraciones, esperanzas y proyectos? ¿Quién? Y Pierre advertía que no era nadie (…) Un orden establecido de antemano era el que lo mataba, le quitaba la vida y lo reducía a la nada”.

    Más adelante, ya en el lugar de los fusilamientos: “Pierre suspiró y miró alrededor como preguntando qué significaba aquello. Todas las miradas con que se encontró hacían la misma pregunta. En las caras de los rusos y en las de los soldados y oficiales franceses se leía el mismo espanto, el horror y la lucha que se apoderaban de su ánimo”. 

    Las ejecuciones son brutales. Los condenados se santiguan o se agitan como animales acorralados, gritan o se desgonzan; finalmente se resignan. Al recibir la descarga, sus cuerpos caen en posiciones extrañas, y luego, todavía convulsos, son tirados a la fosa. Ante tales atrocidades, Pierre, al que aún no le llega el turno, aparta la mirada. En la última ejecución hace lo contrario, le resulta imposible no mirar lo que sucede. Solo un rato después entiende que algo (probablemente Davout) lo había absuelto de morir. 

    Con Pierre Bezújov, a diferencia de lo que nos sucede con Aureliano Buendía, le miramos la cara a la muerte, la cual nos provoca una confusión exasperante por estar llena de vacío. Es probable que Tolstói viviera bajo el influjo de aquella mueca (a juzgar por otras tantas de sus páginas), y que García Márquez no supiera nada de esos terrores. Para García Márquez, al parecer, la muerte no era otra cosa que salir volando por los aires, o hacerse fantasma, visitar alguna soledad para luego regresar, o convertirse en un hilo de sangre peregrino, o quedarse dormido, recostado sobre el castaño del patio, luego de haber salido a orinar. 

  • Locos y doctores

    Locos y doctores

    Joaquim Maria Machado de Assis publicó El alienista en 1882; diez años después, en la otra orilla del mundo, vio la luz El pabellón número seis de Antón Chéjov. Ambos cuentos versan sobre sanatorios, médicos y enfermos mentales, y en ambos la locura acaba por roer y desencajar las losas y las vigas de la razón. 

    De todas maneras, aunque se pueda ubicar uno junto al otro, estos dos relatos figuran cosas distintas: uno de ellos es una alegoría del poder y del totalitarismo, y el otro una parábola sobre la compasión y la derrota de la inteligencia. Ambos son excepcionales.

    En El alienista, el doctor Simón Bacamarte se propone resolver los entresijos de la locura. Instala la Casa Verde y se da a la tarea de encerrar allí a todos los locos que encuentre en la ciudad de Itaguaí. Su propósito inicial es científico, pero acaba por imponer a la población un rigor inadmisible. Basta que cualquier vecino se desvíe someramente de lo que Bacamarte considera correcto para que termine encerrado en la Casa Verde. 

    Los abusos del médico provocan la revuelta; los insurrectos se toman el ayuntamiento y derrocan a las autoridades, quienes habían permitido los procedimientos de Bacamarte. Pero a este no lo tocan. Llegado el momento de alcanzarlo, la insurrección gira 180 grados y le permite seguir con su trabajo. Bacamarte tiene el verdadero poder: el ‘conocimiento’ y, sobre todo, el método: la forma de disciplinar los cuerpos y las pasiones. 

    Tras la revolución, nada cambia: el poder es una roca indestructible y la gente permanece inerme frente a quien lo administre. Bacamarte es el mejor administrador porque sabe contener, definir y ordenar las fuerzas peregrinas de la ciudadanía: el ocio, la benevolencia, las pulsiones amorosas, los deseos de venganza, las aventuras individuales o las vanidades. Con él todo queda categorizado y reseñado. Todo se mantiene en orden. 

    Por demás, su labor es facilitada por la levedad de la población. Si hay asombro y rabia, no hay acción. La gente se entrega a lo que no comprende: los vericuetos de la tecnología del poder. Al final, la ciudadanía se salva de Bacamarte, no porque lo supere, sino porque este acaba siendo devorado por su propio método. 

    Más allá del alienista, sobrevivirán la mansedumbre y la resignación, y, como correlato, la disciplina, la regulación y el ordenamiento de un poder invisible e inapelable. Bacamarte no era más que su agente pasajero. En cuanto a Machado de Assis, su sentido del humor y su agudeza son un regalo del universo de la literatura.  

    El pabellón número seis bien podría ser el relleno y los relieves de El alienista. Si este último nos deja ver la estructura general del poder, el funcionamiento de la maquinaria totalitaria y la estupidez que le favorece, el cuento de Chéjov nos devela las tristes rutinas y los pensamientos de quienes han quedado atrapados en aquel laberinto. Ya desde las primeras páginas del cuento, Dimítrich, uno de los cinco locos del pabellón, identifica el mal que le cerca: 

    “Las personas que ven con mirada administrativa y oficial los sufrimientos ajenos -por ejemplo, los jueces, los policías, o los médicos- con el paso del tiempo y por la fuerza de la costumbre se endurecen hasta tal grado que aunque quisieran ya no podrían tratar a sus clientes de otro modo que no sea el formal”. 

    Para el loco Dimítrich, que sufre de manía persecutoria, el mal está en la indiferencia; para el doctor Yefímych, que le atiende, está más bien en la ignorancia y en los horrores del sistema. El primero, a pesar de todo, ha conservado su inteligencia, pero el segundo, aun siendo un hombre compasivo, ha sido alcanzado por la indiferencia de la que se queja el loco. 

    No obstante, no se trata de una indiferencia maligna, sino de una suerte de resignación frente a la imposibilidad de modificar el mundo. Yefímych ha comprendido la monstruosidad y supremacía de las circunstancias: “Prestar una ayuda seria a cuarenta personas enfermas desde la mañana hasta la comida es físicamente imposible, o sea que, aunque no quieras, resulta que todo es una falsedad”.     

    Frente a tal destino, el doctor opta por el estoicismo. El mundo, dentro y fuera del pabellón, es todo lo mismo. Si padecen los locos, padece él también en su soledad. La muerte y la enfermedad son indestructibles, así que no vale la pena enfrentarlas. Lo único que queda es encontrar alivio en sí mismo. 

    Yefímych y Dimítriv entablan conversación, y ante las quejas de este último por estar encerrado y tener “¡unas ganas terribles de vivir, terribles!”, aquel trata de animarlo: “Diógenes vivía en un tonel y, sin embargo, era más feliz que todos los reyes de la tierra”. Pero Dimítrich lo tiene claro: se puede reflexionar sobre el sufrimiento y la carencia solamente cuando no se está padeciendo un dolor verdadero. 

    “Desprecia usted el sufrimiento -le dice Dimítrich al doctor-, pero estoy seguro de que si se coge un dedo con la puerta se pondrá a chillar como un energúmeno”. Y también: “Diógenes no necesita de un cuarto ni de un alojamiento abrigado; allí sin eso ya hace calor. Metido en un tonel y ya está, a comer naranjas y aceitunas. Pero si se le hubiera ocurrido vivir en Rusia, ya no en diciembre, sino en mayo, habría llamado a alguna puerta. Casi seguro que se hubiera congelado de frío”.

    Como sea, los diálogos entre el médico y el loco son quizás la única resistencia posible ante el horror que los cerca. Al final, quizás los dos terminan teniendo la razón: la inteligencia los salva, como creía Yefímych (pero solo por breves instantes); y el dolor y la angustia no son cosa de la imaginación, son reales, como sostenía Dimítrich. El mundo, que es absurdo, se va cerrando tanto que solo queda gritar tras las rejas: el doctor termina probándolo en carne propia. El pabellón número seis es un cuento triste y al mismo tiempo luminoso. Es una cosa muy rara que Chéjov sabía hacer de manera perfecta.   

  • La novela y la vida profunda

    La novela y la vida profunda

    “Una novela será tanto más elevada y noble cuanta más vida interior y cuanto menos exterior contenga”. Para refrendar esta sentencia, Schopenhauer citó el Tristam Shandy, La nueva Eloísa y el Wilhelm Meister, novelas en las que había muy poca acción y que él consideraba las manifestaciones más acabadas del género. 

    En la lista también incluyó El Quijote, pero previendo que cualquiera que lo hubiera leído podría citar decenas de acontecimientos (caídas, duelos con leones, descensos a grutas, encantamientos, manteadas, caballos voladores, etcétera), el filósofo aclaró que, en realidad, allí había ‘relativamente’ poca acción. Fue una salida audaz y puede uno darle la razón. Si bien es mucha la vida exterior que hay en sus páginas, su dimensión espiritual es considerablemente más extensa. En El Quijote bien pueden caber treinta o cuarenta biblias.

    En tiempos posteriores a Schopenhauer se escribieron novelas a las que les casó perfectamente su postulado. En La montaña mágica basta que Hans Castorp se tienda en su chaise longue a leer o a mirar las estrellas para que luego corran decenas de páginas de especulaciones admirables sobre el surgimiento de la vida a partir de la materia inorgánica, o sobre los universos posibles en lo recóndito de los átomos del mismo Castorp. 

    En cuanto a En busca del tiempo perdido, la más portentosa memoria no podría recordar más de diez acontecimientos luego de la lectura de cuatro o cinco volúmenes de la obra. No podría recordarlos porque los pocos que hay están inundados por la permanente expansión sensorial y la pulsión ensayística del autor alrededor de cualquier cosa, de una pupila, de una cattleya o de la sospecha de una infidelidad.   

    Otras novelas de este mismo corte quizás sean La señora Dalloway o El lobo estepario. En la primera, Clarissa sale a comprar flores y en eso transcurre la vida; en la segunda basta que Haller se detenga frente a una tapia o frente a su vaso de vino para que los lectores veamos desenvolverse una importante extensión de su pensamiento y su alma… ¡el pensamiento y el alma de Hesse!

    Vistos estos ejemplos, podría uno decir que sí, que la novela buena se teje sin acciones, pero un género literario no se deja definir fácilmente. Cien años de soledad está cuajada de acontecimientos, lo mismo que La plaza del Diamante o Todos nuestros ayeres. Cero disquisiciones, cero filosofía… toda su profundidad en la superficie, en lo que hacen los personajes o en lo que les sucede, en la manera en que hablan, en las transformaciones del mundo.

    Tampoco a Guerra y paz le cuadraría la definición de Schopenhauer: está plagada de eventos. Es cierto que Tolstoi expuso en ella el cúmulo inabarcable de sus reflexiones, sus prolongadas interpretaciones sobre la guerra o sobre el alma de los individuos, pero ya los acontecimientos y la manera de desplegarlos habrían bastado para que la novela alcanzara toda su grandeza y su belleza. Lo que sucede, por sí mismo, es admirable: el intento de fuga de Natasha y su caída moral, la aventura de Pierre en el campo de batalla, la paciencia o la furia del general Kutúzov, los temblores de un condenado frente al pelotón de fusilamiento, el incendio de Moscú y, por supuesto, la sucesión de accidentes que van tejiendo el destino del príncipe Andrei Bolkonski.

    Lo de Andrei Bolkonski fue como sigue. Luego del desencanto, de las culpas, del derrumbamiento de sus sueños de gloria, se enamora de Natasha Rostov y se compromete con ella. Respira un nuevo aire y se siente feliz (a pesar de su melancolía inmanente). Pero Natasha, en ausencia del novio, rompe el compromiso e intenta fugarse con Anatolio Kuraguin, un badulaque irreflexivo que solo ha querido jugar a conquistar a una joven hermosa, y que huye de Moscú al ver frustrados sus planes. 

    Bolkonski inicia entonces una travesía para encontrar a su rival y convocarlo a un duelo, para matarlo o hacerse matar por él. Ambos se han enlistado en el ejército; no es improbable que Bolkonski pueda alcanzarlo. Pero no lo alcanza, a pesar de ir siempre pisándole los talones. Entre tanto, Napoleón llega a las inmediaciones de Moscú. Bolkonski, al mando de un regimiento, debe hacerle frente al ejército francés. El día de la batalla de Borodinó, una granada le rasga el vientre y le rompe el hueso de la cadera. 

    En la tienda de operaciones, antes de perder el conocimiento por el dolor, Andrei Bolkonski ve cómo operan a un tártaro en la espalda, y cómo le cortan la pierna a un soldado, cuya cabeza le parece vagamente conocida. Al despertar, ya con la herida vendada, puede ver más claramente al joven de la pierna amputada. Lo ve llorar mientras le muestran el amasijo sanguinolento que le han quitado. Se trata de Anatolio Kuraguin. Al principio no entiende bien de qué se trata todo lo que sucede, pero luego puede comprenderlo:

    “Ahora recordaba bien el lazo que le unía a aquel hombre que, a través de las lágrimas que arrasaban sus hinchados ojos, le miraba vagamente. El príncipe Andrei lo recordaba ahora todo: y la piedad y el amor hacia aquel hombre arrebataron jubilosamente su corazón […] no pudo contenerse más, derramó dulces lágrimas de amor al prójimo, a sí mismo; y lloró también sus errores”.

    No podremos saber si, de haber accedido a Guerra y paz, Schopenhauer habría corregido su sentencia sobre novelas nobles y elevadas, aquello de que estas tienen poca acción y mucha vida interior. Como fuera, quizás nosotros debamos convenir en que también la suma de numerosos acontecimientos puede generar un gran movimiento interno. Una novela puede tener mucha vida exterior y, después de cientos de páginas, ofrecernos alguna verdad subterránea.  

  • Volver la mirada hacia Canetti

    Volver la mirada hacia Canetti

    Que un manuscrito haya sobrevivido al fuego, al naufragio o a los cataclismos de la guerra resulta milagroso. Que una idea y unos apuntes se sostengan sobre la arena movediza de las dudas viene a ser también extraordinario. Masa y poder es una obra que, en su periodo de gestación, se sostuvo en la arena y soportó cataclismos. Treinta y cuatro años corrieron entre el momento en que el autor empezó a redactarla y aquel otro en que la concluyó. En ese lapso sucedieron cosas como el nazismo, la Segunda Guerra Mundial, el exilio y el desaliento. Ya cuando Canetti envió el libro desde Londres a sus editores de Hamburgo, escribió: “Durante estos años, mis mejores amigos perdieron su fe en mí; aquello duraba demasiado; yo no podía reprochárselo. Ahora me digo que he conseguido agarrar a este siglo por el cuello”.

    Masa y poder fue publicado en 1960. Elías Canetti no solo cogió por el cuello su siglo, sino el tiempo remoto y probablemente un largo periodo de la posteridad. La concepción primera de la obra fue consecuencia de la inquietud que le proporcionó la experiencia de la masa: una manifestación obrera en Frankfurt, en 1917. La reafirmación de la necesidad de su libro vino diez años después, tras una revuelta en Viena que acabó en el incendio del Palacio de Justicia. La atracción física y el deseo de integrarse, al margen de toda reflexión, le hizo pensar en el conflicto constante entre los instintos de masa e individualidad; “la lucha entre ambos permitía explicar el curso de la historia humana”, escribió.

    Ya en el proceso, Canetti comprendió que un estudio sobre la masa no podía prescindir del análisis y la disección del poder. Pudieron bastarle los eventos de su época para llevar a cabo su investigación; sin embargo, prefirió buscar las explicaciones de los fenómenos que le inquietaban en fuentes diversas, en las extravagancias de reyes africanos y asiáticos, en los fenómenos de masas religiosas o políticas de tiempos pretéritos, en casos puntuales de esquizofrenia, y por supuesto, también, en los delirios y viejas manías de las naciones europeas.

    Masa y Poder terminó siendo, entonces, una obra miscelánea, un libro de libros, si se quiere, mucho más cercano al cuaderno de apuntes (a pesar de su voluminosidad), que al trabajo monográfico. Esta condición probablemente sea la que la aleje de los círculos de la academia (dudo que se estudie a Canetti como se estudia a Foucault, a Weber, a Kelsen), y, al mismo tiempo, la que permite su lectura en la sala de espera del consultorio médico. Por demás, no le vendría mal a la academia darle entrada a la obra: ahí están algunas de las observaciones más lúcidas, a propósito de las estructuras del poder y de la psicología del poderoso, que pueda haber hecho alguien que se crió en el contexto de las grandes guerras del siglo XX. 

    El poderoso, por ejemplo, según Canetti, requiere de la supervivencia: necesita que el otro perezca. Pero no es tanto la supresión del otro lo que le confiere poder, es su cadáver: “El superviviente podrá ahora hacer con él lo que quiera, mientras que el otro nada podrá contra él. Yace por tierra y seguirá yaciendo para siempre; jamás volverá a levantarse. El superviviente podrá arrebatarle el arma, cortarle partes del cuerpo y conservarlas para siempre como trofeos. Este momento de la confrontación con el muerto al que acaba de abatir llena al superviviente de una fuerza de índole muy peculiar, que no puede compararse con ninguna otra. No hay momento que exija con tanta insistencia ser repetido”. Desgraciadamente, los ejemplos contemporáneos para este fragmento los encontramos con facilidad en nuestros propios teléfonos celulares. 

    En todo caso, más acá de esos horribles procedimientos del poder, más acá de las fuerzas inobjetables de los soberanos, los comandantes y los generales, Elías Canetti supo hacernos ver los gestos de los que se nutre todo autoritarismo, aquellos que sufrimos o ejercemos aun en casa o en el vecindario, y que, de manera asombrosa, nos conectan todavía con el animal primigenio que vive dentro nuestro. Agarrar, morder, engullir, estar de pie o yacer no son solo funciones o posibilidades del cuerpo; son también los engranajes de un  entramado en el que el más fuerte toma como presa lo que encuentre a su alrededor. 

    Pero luego, quizás no haya ningún otro gesto tan sólido para apuntalar aquella estructura como el de dar una orden. Ahí todos contribuímos, el policía en la calle, el patrón, la profesora de la escuela y los padres, a pesar de tener la mejor de las intenciones. Toda orden conlleva un aguijón, y la única posibilidad de liberarse del aguijón, que puede permanecer largos años en lo profundo de la psique, es reproduciendo esa misma orden recibida y acatada. Para Canetti, recibir una orden es quedar sometido a su aguijón; evitarla quizás sea la forma más efectiva de lograr la libertad. 

    “La orden […] es el elemento aislado más peligroso para la convivencia humana. Hay que tener el valor de enfrentarse a ella y hacer tambalear su poderío. Hay que encontrar los medios y las vías para que el hombre mantenga su integridad frente a ella. No debemos permitir que nos rasguñe más la piel. Sus aguijones deberían convertirse en espinas de las que nos podamos desprender con un leve ademán”.

    En alguna ocasión le preguntaron a Canetti por qué no había empleado la palabra fascismo en su libro. Respondió que las seiscientas páginas que lo componían no trataban de otra cosa distinta.